“Marriage Story”: El amor no se debe dar por sentado

Marriage Story (Baumbach, 2019) es una historia elitista de una pareja privilegiada por su vida idílica en Nueva York. Es todo lo que el American Dream puede dar y más: una pareja que se embarca en una compañía de teatro donde (él) director y (ella) antigua actriz estrella, deciden formar una familia de un solo hijo entre obra y obra.

Nicole Barber y Charlie Barber, padres de Henry (de tan solo ocho años) deciden divorciarse tras pasar una mala temporada juntos. Lo sorprendente del film es cómo hay que retratar que para él no había ningún “pero” en su relación. No obstante, ella siente un gran sufrimiento en su interior que lleva “procrastinando” desde hacía años. Un dolor tras ver que había pasado de sus sueños californianos de convertirse en una gran estrella a pasar a ser una actriz más donde su marido es el corrector continuo de cada una de sus acciones (tanto en el plano profesional como personal).

Es una historia simple, no muy divertida pero única. Porque habla de muchas cosas a la vez y con un realismo, con un simbolismo hecho en la época millennial: donde a los padres les cuesta deshacerse del móvil al hablar con sus hijos, donde a los hijos les cuesta deshacerse de sus juegos para empezar a leer y donde el divorcio ha dejado de ser un tabú para pasar a ser una posibilidad más.

Quizás en Estados Unidos haya otra mentalidad a la hora de romper, porque no pude evitar observar cómo mi madre, una española más cercana a la tercera edad, le parecía imposible que Nicole y Charlie deshicieran su compromiso. En varias ocasiones, tuve que remarcarle a mi madre que se debía por una infidelidad de él para con ella, aunque el gran motivo principal es su falta de empatía con Nicole. En ningún momento piensa en su opinión, todo lo que ella comenta es tapado y cegado con sus propias opiniones. Y esos susurros, esos silencios, tan largamente callados, provocan una ruptura que, a mí, no me deja ninguna duda.

No obstante, en nuestro país con una Ley del Divorcio datada de algo tan reciente y pueril como el año 1981, es difícil que generaciones anteriores a los que comúnmente pasamos tanto tiempo en las redes sociales, puedan comprender los motivos de Nicole. Es algo que la propia Nora, la buenísima de Laura Dern (qué estilo, qué elegancia), le remarca al personaje encarnado por Scarlett Johansson: “El ideal de un buen padre es de hace menos de 30 años. Un padre tiene que ser callado, egoísta, ausente. Pero una madre, no. Una madre debe ser perfecta. Es una putada, pero, ¿qué le vamos a hacer?” Y mientras vuelve a la mesa donde seguirá repasando el caso de Nicole se hace un corte a Charlie cocinando en la cocina. Una tarea que hasta hace dos días se veía, al menos hablo desde la sociedad de nuestro país, como una “actividad que hacían las mujeres”.

Ser padres en el siglo XXI no es fácil y menos ser padres divorciados. En la película, al menos, se deja entrever que la sociedad americana es algo a lo que están más que acostumbrados: el padre de Nicole tenía aventuras, Cassie (la hermana de ella) también se ha divorciado y ella va a ser la tercera integrante de la familia en hacerlo. Y este pensamiento tiene su raíz en que este país realizó un cambio desde tiempo antes al nuestro: para comienzos de los 70 ya existía la Ley del Divorcio “sin culpa”, es decir, “sin causa”.

Y con esa posibilidad abierta, muchas parejas decidieron que lo más importante era la felicidad de cada uno de sus miembros. Sin embargo, “en el fondo” como decía Nora, “seguimos pensando en que es correcto que haya un padre ausente. Porque Dios está en el cielo (refiriéndose a la paternidad de Jesús y de cómo la tradición judeocristiana permite pensar en que las madres deben cuidar y los padres ausentarse de la educación de sus hijos).”

Y no le falta razón. Esto se retrata de manera magistral en la película, pero también hay una capa de optimismo de la que no debemos olvidarnos. Tanto Charlie como Nicole intentan entender los puntos de vista del otro y aunque hay alguna pelea donde se dicen palabras muy feas el uno con el otro, siempre queda espacio para un bonito gesto donde se traduce la buena relación que hasta no hace tanto tenían el uno para con el otro.

Esa luz que se desprende a pesar de ser una de las fases más oscuras del amor: la ruptura, la falta de desconfianza, la infidelidad y el divorcio, no se regocija en las lágrimas ni en la soledad. No hay una postura contraria de Nicole o un intento de que se arreglen (por más que lo intente poniendo cara de cachorrillo Charlie cuando, ejem, ejem, es él el que decidió tirar todo por la borda por tener una aventura con otra persona) sino todo lo contrario: cuanto más se alarga la película, más podemos ver el alivio y la felicidad de Nicole.

Dos escenas claves son cuando Nicole está bailando con su madre y su hermana: la felicidad que desprende volver a recuperar el status de gran estrella. La siguiente escena, si mal no recuerdo, es de un Charlie con los miembros de su compañía en un jazz bar mientras entona una bonita “Being Alive” que resumen, perfectamente, los puntos en pro y en contra de formar parte de una relación.

«Alguien a quien pueda abrazar.

Alguien quien me pueda dañar.

Alguien que se siente en mi silla.

Y me arruine el sueño.

Y me haga dar cuenta.

De estar vivo.

Estar vivo.

Alguien que me necesite mucho.

Alguien que me conozca muy bien.

Alguien que me pare en seco.

Y me haga pasar por un infierno.

Por estar vivo, estar vivo. Hacerme sentir vivo»

Being Alive, Stephen Sondheim

Este ying y el yang, cuando finaliza un divorcio es de lo más común. A pesar de que las dos partes se sienten confundidas e incluso aterrorizadas por el siguiente paso, también hay una sensación de libertad (recomiendo leer “Libertad” de Jonathan Franzen donde se explora con gran acierto este problema), que permite encaminar nuevas rutas para cada uno de los ex integrantes de la pareja.

El gran éxito de Charlie es conseguir dejar atrás sus egoísmos y grandes planes para pasar más tiempo con su hijo. Abrazar una paternidad con la que hasta entonces no le había dado ni tiempo a cicatrizar y el gran éxito de Nicole es conseguir que su voz se oiga antes de que sea demasiado tarde.

Temas como la fragilidad de la belleza en Hollywood también se exploran en la cinta: Nicole tiene solo unos años más “buenos” y a partir de entonces, la decadencia, la falta de papeles para mujeres ya madres, o ni eso pero que parten de la cuarentena, es algo que no podrá evitar. Por eso, saber que al final de la película está en el punto que ella quería y que además consigue ver cómo su exmarido también va a formar parte de la vida del pequeño Henry, es una victoria que solo y digo solo podía venir a raíz del divorcio.

Para el espectador el gran éxito es poder ver un poco de luz en la fase del divorcio y dar esa posibilidad para todos aquellos que estén como Nicole. O como Charlie. Ambas partes tienen derecho a ser felices y ser asertivos es el gran paso que debemos de dar en todo tipo de relaciones.

Hace poco, a raíz de Kind Words tuve que escuchar una historia de una chica que desconocía qué era el amor. A pesar de que contaba con pocas palabras creo que me quedó un buen resumen de lo que significa, para mí, el amor. Y quiero utilizar esas palabras porque creo que encajan con el mensaje de la película y con su final.

“El amor puede ser un abrazo, una sonrisa, una buena comida, una noche buena de sexo, un buen libro. El amor puede ser cualquier cosa que ames. Amor es sentirte amado. Eso es lo más importante. El amor no tiene que ser una persona. El amor eres tú”.

DEATH STRANDING: LA HERIDA ABIERTA DE KOJIMA

****************ESTE POST TIENE SPOILERS***************

Death Stranding (Kojima Productions, 2019) no solo ha supuesto una revolución en términos de gameplay y narrativa sino también en términos de clasificación en cuanto a géneros se refiere. ¿Es un walking simulator o es un sandbox? Al parecer, el propio creador japonés lo clasificó como “social strand system”, lo que no deja de ser otra de sus excentricidades marca de la casa. La definición, si me tuvieran que preguntar a mí, es la de un título que nos traslada a un futuro no muy lejano donde las uniones desaparecen aunque la esperanza permanece.

Hideo Kojima nos transporta a una América fragmentada, como las propias personalidades de los personajes que protagonizan la historia, donde Sam “Porter” Bridges (la gran estrella de este juego) se encarga de unir a través de la red quiral, las distintas localizaciones desperdigadas por una suerte de nueva Ruta 66 donde él traslada algo más que paquetes: la propia conexión entre las distintas almas que alberga este juego.

No nos olvidemos de cómo aquí, el creador japonés, ha realizado una proyección psicológica de su propio destino: un desarrollador despedido por la compañía con la que lanzaba sus títulos durante los últimos 30 años y que se siente aislado, solo y nuevo ante un mundo lleno de fake news, selfies y redes sociales.

Para él tuvo que ser toda una hazaña replantear las cosas desde cero. En Death Strading se percibe esa energía de arrancar una hoja en blanco y empezar de nuevo. Kojima se desprende del caparazón que le recubre para mostrarse totalmente desnudo, con la herida abierta, ante la crítica, los jugadores y el mundo entero. Puede sonar grandilocuente pero mis propias sensaciones, nada más ver los primeros minutos de gameplay de un Sam “Porter” Bridges que bajaba lanzado hacia Port Knot City mientras sonaba Silent Poets con ese “Asylum for the feeling”, es la de un hombre que más que alejarse de su propia soledad, era capaz de unirse con ella y lanzar este mensaje tan potente dentro de un videojuego.

La jugabilidad de este título transmite ese aislamiento solo roto a base de la música esporádica que resuena cuando llegamos a un lugar nuevo o cuando las tensiones deben de relajarse antes de enfrentarse a una nueva misión. Low Roar se encarga de hacer otra proyección personal dentro del juego (no olvidemos que el cantante californiano se marchó a vivir a Islandia y que el título de Kojima bebe de la inspiración de ese paisaje tan precioso como extraterrestre), al experimentar esa soledad por la que pasa Sam mientras transitamos por los quince capítulos del juego.

Quiero adentrarme en la psicología de algunos de sus personajes porque la narrativa bebe mucho de ella: Sam no deja de ser un trabajador sumiso resultado de un capitalismo voraz y amante de la gamificación. Sin salarios, el pago es en “likes”, una unidad mucho más popular que la monetaria y que es incluso más relevante que el propio dinero. Aquí, esta equivalencia no desencaja porque estamos ante una distopía donde tanto la fauna humana como animal pasa a mejor vida, disgregándose en una nada, que pide a gritos un contacto humano.

No es coincidencia que el teclado táctil sea el mismo botón para dejar reflejado un “Me gusta” pero también para gritar a la nada. Si tenemos suerte, oiremos una voz a lo lejos. “Estoy aquí” responde otro Sam, de otro jugador, que probablemente nos marque una carga perdida, una estructura a medio hacer, una cuerda que nos salve del agotamiento mental de no ver nada y no sentir nada.

Por eso no está al azar, tampoco, que Norman Reedus se haya encargado de protagonizar este título. Porque su fisonomía, su gesto, su cuerpo era necesario para dar carne a Sam. Un Sam que cada vez que se ducha, deja desnudas no solo su propio esqueleto sino también las marcas de aquellos que antes le han tocado, esos EV que amenazan tanto a la vida humana que provoca que la sociedad huya hacia los búnkeres. 

Sam es el perfecto empleado. El perfecto esclavo que, callado, permanece impasible ante los conflictos que le arrojan su propia familia, las personas con las que se cruza, los entes varados y sus propias fobias internas. Una afenfosfobia que, tal como se comenta desde IGN: “es una exageración aguda de la tendencia normal de las personas a proteger el propio espacio, y se podría definir como un trastorno de ansiedad caracterizado por la experimentación de un desasosiego incontrolable, excesivo e irracional hacia el hecho de ser tocado”.

Esa fobia no solo provoca que al final, donde algunos personajes como Deadman logran que Sam le dé un abrazo, sea mucho más emocional, sino que veamos el mundo de Sam como uno muy propio. Uno inalcanzable para el resto. Al tratar un título sobre las uniones, Sam es el primer villano de este título: no quiere cumplir con la misión de su madre adoptiva, una Bridget que la ha hecho tanto daño en el pasado que es incapaz de mover página sobre su presente y futuro.

Sin embargo y a pesar de contar con una misión tan importante como unir a las Ciudades de América de nuevo, eso no le apena a Sam sino al contrario: su individualidad es tan beneficiosa para la misión a la que está destinado que, incluso él, olvida el lado tan perjudicial que este destino provocará para su salud mental y física. 

Porque nada en Death Stranding está puesto al azar, incluso el contexto es el idóneo. ¡Qué mejor momento que el actual donde medio Estados Unidos, medio Reino Unido, media Lationamérica, medio mundo se desquebraja en migajas! ¡Qué mejor momento cuando miramos a los móviles la gran mayoría de nuestro tiempo e invertimos más en “likes” que en cuidar de nuestros niños, nuestros hermanos, nuestros hijos o nuestros mayores! Kojima no solo ha dado la clave en ese aspecto sino que se ha acercado, también, al plano social y cotidiano de sus jugadores: aquellas personas que pasarán horas y horas frente a las diferentes dimensiones de una sola pantalla.

Desde las pequeñas que nos despiertan y acuestan como podrían ser nuestros propios smartphones pasando por las grandes que nos entretienen y asustan como las televisiones sin olvidar de las medianas como los ordenadores que llevan haciéndonos compañía en nuestra vida diaria desde, al menos, dos décadas así como los monitores donde jugamos a Death Strnading (en nuestra propia “sala privada”).

Por eso, nos es tan fácil o difícil convivir con las laberínticas pantallas de los menús e interfaces del juego: con esas confirmaciones repetitivas que nos acercan al día a día. A la multitarea a la que el jugador está acostumbrado. A esos agradecimientos, esos “me gusta” que son las monedas de cambio con los que el jugador convive en su vida real. En un mundo como el nuestro donde las apariencias ganan a la verdad, el autor del “like”, el receptor del “like” somos nosotros, reyes de todas esas interacciones. No es casualidad que, como he comentado, nos hayan dejado esa misión a través de la pulsación del botón más grande del mando (el botón táctil) que nos permite hacer este gesto -casi- de forma automática.

Dejando de lado estos planos, el juego es original y exuda sus propias excentricidades de diferentes maneras: desde la pelea final con Higgs como si de un Tekken se tratase, pasando por la alimentación a base de criptobios (donde Fragile es su principal embajadora) o ese toqueteo de pechos de Mama mientras mira hacia su hija (su EV) varado, muerto, por encima de su cabeza.

La representación femenina, ese punto tan indefendible del título, nos deja también con unas pésimas anécdotas. ¿Es necesario que a Fragile se le note el tanga debajo de un pantalón de cuero? ¿Es necesario convertir a Bridget en la gran villana, la que dispara a Cliff, la presidenta de Estados Unidos y tramposa que necesita de un álter ego en Amelie? ¿Era necesaria esa referencia de Super Mario Bros donde nosotros Sam, somos Mario y Amelie-Bridget es Peach, la princesa que debemos rescatar?

¿Es acaso necesario cosificar una y otra vez a las mujeres, haciéndolas cargas en varias ocasiones -tanto vivas como muertas-, pero no haciendo nunca carga a ningún hombre? Quizás Kojima ha realizado un trabajo algo desigual dando papeles de importancia a los personajes femeninos: Bridget como presidenta, Mama y Lockne como siamesas científicas, e incluso Louise como hija y anhelo último de Sam.

Sin embargo, da la sensación de que Kojima podría haber aprendido mejor la lección. Porque no está lejos el ejemplo de una Quiet que necesitaba respirar a través de la piel (no olvidemos la escena donde se regodea junto al protagonista empapándose con el agua) y no deja de ser cercano el ejemplo de una Fragile que NECESITA un castigo siendo desnudada y cubierta por la cabeza mientras el agua, en este caso, la envejece (dejando una idea maligna sobre que la vejez, la arruga, es fea y si no que se lo cuenten a la artista quiral cuyos encargos son de cremas antiarrugas).

En cuanto a los personajes masculinos aquí sí hay una grandilocuencia que los convierte en héroes o mejor, en villanos. También cuentan con una mayor duración en pantalla, aunque esta premisa se rompe cuando hablamos del personaje de Cliff (el mejor sin duda de todos ellos y cuyas aportaciones, aunque breves, son intensas).

Inolvidable la carta de presentación de Mads Mikkelsen, con una usada cinemática que no pierde fuelle: esa sonrisa maliciosa que inaugura el cuarto capítulo. Un momento sin parangón para cualquiera que juegue al título, ya que, el misterio que rodea a su figura hace que la narrativa avance hasta descubrir quién es y qué quiere de nosotros. Al final acordamos que es un padre coraje que lucha en el presente, así como en el más allá por rescatar, por conseguir, a Sam. Su añorado BB por el cual tanto había soñado y deseado tras perder a su mujer, Lisa. Una madre inerte (aquí, no sé por qué me acordé de “El Cuento de la criada”, de la maternidad subrogada o incluso del subconsciente deseo de hombres embarazados para perder de vista a las mujeres), y que cumplirá con su palabra a través de la creación de una Playa terrorífica que no deja de servir como excusa para aligerar la narrativa planteándonos escenarios diferentes.

Y ahí voy: a esa Playa que tiene tantas definiciones como espacios. Ese es el medio donde consigue, por fin, amenazar a Bridget. Darle donde más la duele. Y así, conseguir que Sam conozca la verdad.

Se tratan de momentos altamente emocionales. Un giro final al menos no inesperado para mí porque ya andaba con la mosca detrás de la oreja (para pruebas un tuit que lancé con aquello de que el BB que portaba Sam podía ser su versión más joven). Sin embargo, como ser humano fallé porque a quien porta Sam es el BB-28 (por aquello de las 28 semanas de gestación) y su nombre es Lou (diminutivo de Louise, por eso de que el futuro será femenino), creando un loophipnótico donde Cliff pierde a Sam, Sam pierde a su primer Lou y es padre de Louise, un BB no nacido para esa misión pero sí para cumplir la tan añorada por Sam desde que muere su mujer diez años antes: ser padre.

Volviendo a Cliff, no deja de ser el enlace perfecto entre los dos mundos. Porque él rellena los huecos que deja un Sam más pasivo, más “mimo” (solo capaz de hablar a través de gestos y no tanto con las palabras). Clifford Unger es capaz de darnos más en un flashback que en horas con Sam, y también es capaz de darnos más que Deadman (que con tanta orden infantilizada al protagonista creo que no le ha hecho ningún favor al señor Del Toro y provocando que ni siquiera pueda empatizar al final con él). Sin contar con la repetitividad que muestra Amelie con ese: “Encuéntrame en la Playa”, diciéndolo una y otra vez y siendo cada vez más hipnótico por no decir aburrido.

Para cuando llegamos al culmen del juego, a esa querida Playa, hay demasiados protagonistas: una Amelie falsa, una Bridget que se presenta desafiante ante Cliff, un Sam del que siempre habíamos conocido (aún sin decirnos nada) que era el hijo adoptivo de la presidenta (por aquello de la falta de emoción incluso en su incineración y por su revivir cada vez que se conectaba con el BB), sin embargo eso no ceja para convertirse en uno de los mejores finales que he vivido a los mandos.

Porque se trata de varios cortes: entre ellos el que nos muestra hasta qué punto Amelie es insegura de sus palabras, forzándonos a estar con ella hasta el último momento, y cómo tiene que contarnos todo lo ocurrido hasta entonces mientras, Sam, permanece en la Playa callado y ahora consciente de todo lo vivido. Tras uno de los múltiples créditos a los que nos tienen acostumbrados Kojima y de sus mil y una maneras de cerrar la historia, se muestra el mejor momento del juego: ese en el que Amelie nos recoge, azul, en la Playa. Nos abraza, nos canta esa nana que nos llevaba acompañando durante todo el juego mientras cierra nuestra herida.

Quizás Kojima a través de este título ha sabido cerrar, también, la suya propia. Una que tras el abandono, le ha dado las energías suficientes para formar un propio universo. Para cerrar con todo aquel dolor de no pertenencia y de miedo ante la crítica. Para mí, la herida se ha cerrado con buena solvencia y solo puedo felicitar el resultado final, acordándome de la sabias letras de la nana que se entona hacia el final del juego y que parecen su mensaje, también final, sobre esta aventura.

“Mira el ocaso

Ya acaba el día

Bosteza, mi vida

NO FINJAS MÁS»

Kanye es el Rey: análisis de su noveno álbum

Acércate a la luz. La suave luz del Kanye.

«Jesus is King» es la última obra de Kanye West donde el rapero de Chicago vierte su vena más religiosa a un álbum tan corto como intenso: tan solo 27 minutos nos separan del corte inicial al final.

He escuchado a Kanye West toda mi vida, diría que es el artista más prolífico desde mi adolescencia a mi adultez. Comencé a seguirle la pista allá por 2009-2010 donde su «My Beautiful Dark Twisted Fantasy» alcanzó cotas de fama ni siquiera previstas por este rapero que funcionaba más a modo de colaboración de grandes artistas que de «gran artista» en sí. El resultado era una amalgama de canciones donde tanto podía venir Rihanna o Nicki Minaj a acompañarte como criticar a América entera.

«Yeezus» de 2013 fue un corte más polémico y lleno de gritos y cacharrería que funcionó muy bien por la época. De ahí salieron hits como «Black Skinhead» o «I am God» donde ya se empezaba a vislumbrar ese narcisismo tan propio de sus entrevistas y actuaciones (en una de sus giras, Kanye cantaba desde una plataforma que tapaba, literalmente, al público que se encontraba abajo).

Después llegaría «The Life of Pablo», en 2016, y que, personalmente, es su mejor disco hasta la fecha. Aquí ya es esposo de Kim Kardashian, se habla de las 30 horas que pasaba en la carretera para ver a su ex, y hay colaboraciones muy sonadas como aquella «Wolves» que le sirvió como escaparate para anunciar el disco ante medio mundo. La estrategia de márketing por entonces fue realizar un desfile en directo donde a modo de fiesta, reunió a toda su familia y amigos para dar un lanzamiento al álbum como se merecía.

«Ye» de 2018 fue un corte mucho menos anecdótico. Hablaba de sus problemas con su trastorno bipolar, de las fantasías sobre matar a otra persona porque era capaz de matarse a sí mismo. También de esa preciosa canción que fue «Ghost Town» que a mí me caló muchísimo (me pasé por aquella época en la cama por una fisura que me causé yo misma) y que cantaba, minuto a minuto, ese » i put my hand in the stove […] and nothing hurts me anymore, I kinda feel free».

Sin embargo, un año y medio ha pasado desde entonces y apenas conocíamos de lo nuevo que podría sacar el artista. «Jesus is King» es otra línea dentro de su propia discografía porque no podríamos calificarlo como una obra de rap ni de hip hop porque el gospel ha tomado gran parte de su contenido. Gracias a la colaboración de «Sunday Service» el álbum toma ese toque cristiano que queda muy bien a la voz de Kanye donde no rima ni habla de temas adultos o polémicos como en otras obras sino que se dedica a hablar de Jesús, de sus consejos y sabidurías.

Especialmente buena esa «Selah» donde se repite hasta 43 veces la palabra «Hallelujah» (Kanye tiene casi la misma edad) símbolo de una nueva llegada de un nuevo Kanye, también, más relajado y lleno de energía para su nueva familia (recordemos que tiene varios hijos con Kim Kardashian al momento) y donde continúan otros cortes más suaves (incluso con guitarrita de fondo) como ocurre con «Closed on Sunday».

No descartemos la prodigiosa «God is» como una lección a principiantes sobre un concepto tan complicado como es el definir a Dios. También el «Use This Gospel» donde quiere dar una muestra de gratitud ante todas las enseñanzas y cómo la religión puede volver a ser un medio de protección, consuelo y esperanza.

¿Qué podemos extraer, por tanto, de este nuevo disco?

Extraemos preocupación cuando habla de alejar a las víboras de sus hijas.

Extraemos rendición al hablar de cómo Jesus es Rey, Jesús es el Señor en «God is».

Extraemos debilidad cuando habla de cómo Dios le dará fuerza a sus manos para seguir adelante.

Extraemos fe en cada una de las canciones. Fe que parece le ha ayudado en su retirada de medicación de un trastorno bipolar que lleva con él media vida.

Kanye West puede sonar como un cretino para muchas de las personas que me puedan leer. Pero también quiero aprovechar para dar las gracias por ayudar a más de una persona que escuche este disco. Porque no solo acerca las enseñanzas de Jesús y de la Biblia a una generación ateísta e indiferente ante estas Escrituras sino que puede ser una ventana para otro tipos de públicos que solo habían oído de Kanye por sus polémicas y cómo este álbum puede ser una suerte de perdón por todos aquellos que ofendió.

Porque cómo no decirlo. El verdadero Rey es Kanye.

EUPHORIA: DROGAS, SEXO Y SMARTPHONES

La nueva serie de HBO arrasa entre su audiencia por una mezcla peligrosa: drogas, sexo y smartphones. Acompáñanos en nuestro análisis sobre la primera temporada de esta dramática serie.

Rue es una chica de diecisiete años que tiene problemas con las drogas desde que era bien jovencita, quizás desde los trece o catorce, momento donde su padre estaba siendo tratado de un cáncer. Al principio, las pastillas las compartía con él y después las ingería sola para olvidar sus problemas de ansiedad.

Al llegar al instituto East Highland tras haber pasado un verano en rehabilitación, conoce a Jules, una chica que está en proceso de transición y que es nueva en el pueblo. Conectan rápidamente y empieza una relación muy especial entre ellas.

Al elenco de amigas se une Kat, una chica que decide deshacerse de los prejuicios sobre su peso y empieza a conocer a chicos, Cassie, la típica chica popular que hace tándem con Maddy, la más popular de todas y que es, además, animadora de fútbol americano.

No podrían faltar los novios: McKay es otro jugador de fútbol que empieza una relación con Cassie mientras Nate Jacobs hará lo mismo con Maddy. La relación de estos dos es algo más duradera: son los típicos rey y reina del baile y los más conocidos de toda la escuela.

Con este contexto, es difícil que no funcione un producto audiovisual tan nutritivo como Euphoria: mezcla los diversos temas que siempre suceden en cualquier serial adolescente como son las drogas y el sexo y a ello se une la vida digital de sus miembros. También se da espacio para los embarazos no deseados, el aborto, la bisexualidad o las familias disfuncionales.

Podría resultar más de lo mismo, sin embargo, la dirección de Sam Levinson convierte al producto en algo más. El uso técnico de las cámaras es sobresaliente, brilla más en las escenas metafóricas y simbólicas que en las realistas.  La banda sonora es actual y viva (incluso se incluye a Rosalía, que, últimamente, está en todos los lados) y acompaña rítmicamente a cada una de las situaciones que se producen en la vida de estas chicas.

La primera sensación que ofrece la serie es de una decadencia de la sociedad juvenil no solo norteamericana sino también occidental. Todo adolescente millenial cuenta con varios trastornos mentales, adicciones y relaciones tóxicas. El amor ha dejado de existir para dar lugar a la posesión, el tradicionalismo es la nueva tendencia surgida desde el corazón propio de estos púberes, y la mentira es la moneda de cambio de cualquier relación de amistad, amorosa o sexual.

Rue es el eje por el que el espectador mide los actos de los demás: por ella nos parece que Jules, a veces, se aprovecha de ella. Tenemos una opinión parecida a Ali (un personaje secundario que atiende, como la protagonista, a las reuniones sobre drogadicción) y que le comenta que aquel amor de instituto no va a durar.

Y en parte, quizás, tenga razón. El espectador espera un final feliz para las dos, pero sin dejar de sentirse fatal cada vez que Jules delega a Rue a un segundo plano. Es como si la chica de pelo platino, jugase con las personas a su placer: casi todas las tramas confluyen en ella y tiene el poder de influir en cada una de ellas.

Una de esas subtramas es un encuentro sexual entre Jules y el padre de Nate Jacobs, ese chico que no solo es quaterback sino el modelo americano de niño bien, y pronto se lo cuenta a Rue que se sorprende ante la noticia. Este encuentro hará que Nate chantajee a Jules después de haber mantenido una relación durante semanas por teléfono. Sin embargo, y eso lo iremos aprendiendo a lo largo de los capítulos, cualquier cosa que haga Nate lo hará para conseguir algo.

Cuando mantiene esa relación con Jules haciéndose pasar por Tyler, en realidad, quiere chantajearla con las nudes que le ha mandado. Cuando hace que el tal Tyler, un chico que se enrolla con su novia Maddy, tenga que confesar un crimen que él no ha hecho, Nate busca volver a la vida estudiantil. Cuando roba un CD pornográfico de su padre, en realidad, quiere tenerlo a su merced.

Así funciona el mundo del siglo XXI. Con chicos que se sienten privilegiados en un entorno que les ofrece absolutamente todo. Si eres guapo y tienes pasta, el mundo es tuyo. Nate realiza una reflexión, en el último capítulo, donde habla de cómo la vida de la gran mayoría de la gente que en esos momentos está bailando en el instituto, “no valdrá ni una mierda”.

Por eso, sabe escaquearse de los problemas que le acuden. Otra subtrama muy importante es la que se desarrolla entre Maddy y él. El maltrato psicológico y físico al que somete a la chica es totalmente visible para el espectador: en la serie no se descartan escenas que en otras series pueden tacharse de incómodas. Aquí todo es real, tanto lo bueno como lo malo. Maddy es estrangulada por su novio detrás de una caravana en la feria del pueblo. Y ella, lejos de denunciarlo, se cubre de arriba abajo hasta que tienen que examinarla y observan los moratones.

Nate se sale con la suya: Maddy no denuncia sino los padres de ella. Y ambos se encuentran en un motel, cada viernes, sin que nadie lo sepa. Allí se produce otro episodio de maltrato, ella sufre el golpe de Nate y sigue hablando, como si no le diera ninguna importancia. Cuando la serie habla con la voz en off de una Rue, como si de un Dios se tratase, que es omnipotente y omnisciente en todos los actos del pueblo y sus ciudadanos, nos cuenta “cómo a Maddy se le revuelve el cuerpo no por la paliza sino porque sabe que, aun así, seguirá queriendo a Nate”.

La relación de estos dos es, sencillamente, asquerosa. Más que tóxica, es venenosa, ambos conocen que no deben de estar juntos, pero siguen con su relación. Y lo que es peor, meten en un problema a decenas de personas por su culpa. Se pavonean en el instituto ante lo que los demás digan, pero sin dejar de arrastrar cadáveres detrás de ellos.

Es imposible no sentir aversión por estos dos personajes porque reflejan la gran mayoría de las relaciones adolescentes en la actualidad. Para cualquier persona nacida en el siglo XXI, es difícil no creer en los cuentos de hadas que la publicidad, la música, las series y el cine han infundido en la mente de los más jóvenes. Y a esa ecuación se añade la toxicidad de unas redes que chivan incluso cuando alguien ha leído o no un mensaje. Esto es el día a día de los chicxs del East Highland: rumores, “no le cuentes esto a nadie”, y celos.

Celos que se manifiestan en, absolutamente, todas las relaciones que retrata la serie. Rue siente celos de la vida social de Jules e intenta que no conozca a más personas (como cuando queda con Nate en el lago), Nate es celoso de Maddy y no para de acosarla con su coche a la salida, la promete que la protegerá (pero no de sus golpes) y encima acosa a Jules sin contar la paliza que le pega a Tyler por los celos que le produce que el chico se haya enrollado con su novia. Cassie está celosa de McKay y presume de mirar los móviles de sus novios. Y Maddy también está celosa de Nate y es, mirando en su móvil, cuando descubre unas fotos que no le cuadran.

Si tuviésemos que seguir el modelo establecido por la serie, tendríamos relaciones ricas en toxicidad: seríamos guardianes de nuestras parejas 24 horas al día, desconfiaríamos de cualquiera de sus movimientos e incluso maltrataríamos a nuestra pareja con el fin de terminar una discusión.

Creo que es el enfoque incorrecto para aquellos que vean la serie como un modelo a seguir. Y esto se puede producir entre una audiencia más joven. Sin embargo, viéndolo desde unos ojos adultos, realiza un retrato imperfecto de las problemáticas actuales.

No obstante, la serie peca de superficialidad para sus personajes. Teniendo en cuenta que todos sus miembros están en un instituto, apenas conocemos de las aspiraciones de sus estudiantes. Cassie y Maddy hablan de aquello que las apasionaba pero que, de un día para otro, se rompió. La primera quería ser una patinadora profesional y la segunda quería ser reina de la belleza. A pesar de la superficialidad que ambas profesiones pueden denotar, al menos, son sueños, aspiraciones, deseos.

El resto de sus personajes no saben y no hablan de su futuro. Las conversaciones están plagadas de sexo, de fiestas, de drogas y poco más. Eso hace que decaiga el nivel intelectual de la serie. Quizás no hay que acercarse con la mira de descubrir nada en ese plano, pero sí que hubiese sido interesante haberle dado un toque más profundo a los diálogos que se exceden en una sola cosa.

Conforme pasan los capítulos, la audiencia percibe que todas las relaciones sexuales carecen de protección. Un mensaje peligroso: no hablar de anticonceptivos en pleno 2019 puede llevar a la idea equivocada que lo ideal es tener muchas relaciones sin nada que nos proteja de enfermedades ni embarazos no deseados. Al final, la serie, con el embarazo y aborto de Cassie parece hacerse consciente de este defecto, pero creo que lo hace de la forma equivocada. Porque da la sensación de que hasta que no te pasa algo, no debes actuar cuando es todo lo contrario: es con la prevención cuando se consiguen frenar situaciones como la de la estudiante.

La serie puede quedar imperfecta pero al menos refleja momentos dolorosos sin desequilibrar la balanza de espectáculos visuales, estéticos, musicales muy potentes. Zendaya ha imprimido un toque propio en la interpretación que se nos hace difícil pensar que el personaje es ficticio. Es un espejo por el que se visibilizan muchas adolescentes que lejos de ocultar los problemas que les suceden, puede darles una voz con la que expresar aquello que sienten.

Euphoria no es solo una fase, no es el éxtasis del sueño americano. Aquí se habla del final del instituto, del comienzo de la vida adulta, de la llegada de la universidad y de los sueños rotos. Al menos es algo real y no ficticio. Bebe de las narrativas de la calle, de las afueras, sin dejar de lado también el lado positivo de la falta de responsabilidad, de la ingenuidad y de la inocencia. Es una serie que debería ponerse en todos los institutos y también debería ser vista por otros rangos de edad no adolescentes que les permita conocer más a sus hijos, nietos, hermanos. La fase eufórica se sobrepasa más fácilmente si descubrimos la verdad: si abrazamos al que sufre, si oímos al preocupado, si mantenemos contacto con las nuevas generaciones en vez de humillarlas o hacerlas sentir culpables.

Euphoria lo consigue sin dejar de resultar irónico el título de la serie. Sin dejar de parecernos que el realismo, es precisamente, lo que ahora necesitamos. Y que en la bajona también hay un mensaje. Quizás el más importante.

Rocketman: todo lo que sube, baja

Tagon Egerton, retratado como Elton John

Elton John es un personaje excéntrico, peculiar y carismático que ha estado presente en la gran mayoría de medios de comunicación durante las últimas décadas. Sin embargo, nunca me adentré demasiado en su música, su arte, que ha acompañado a varias generaciones a lo largo de los años.

Fue con algo tan anecdótico como una canción de Singstar con ese «Don’t go breaking my heart», el dúo con Kiki Dee, cuando conocí, por primera vez, la música de este cantante británico. Me pareció una voz muy atrayente, masculina y al mismo tiempo divertida que pocas veces había oído antes.

Pasaron los años, y a pesar de la influencia que tiene su obra sobre una de las artistas que más admiro como es Lady Gaga, tampoco tuve la urgencia de escuchar su discografía. Conocí los planes de Hollywood acerca de realizar un biopic sobre su figura. El antecedente de Bohemian Rhapsody era largo y dispar: hay muchas personas que no le han gustado la película pero a mí me agradó. Fue un espectáculo lleno de grandes hits e incluso diría que no tendría rival con esta película dedicada a Elton John.

Pero cuánto me equivocaba. Estuve haciendo un ejercicio de meterme en su música, poco a poco. Empecé con ese «I Want Love» que escribió en el 2001 amenizado por un vídeo musical protagonizado por el archiconocido Robert Downey Jr. que retrata a Ironman desde hace ya una década. Una canción que hablaba de un amor imposible, de una capacidad para amar ya destruida, con unas esperanzas de conseguir amar en «my own terms», con unas condiciones, incumplidas, una y otra vez, por el ser amado.

Esa canción me atrajo por la brutal honestidad que deposita Elton John en sus letras. Desconozco si el escribió, por entero, esta canción. Sin embargo, aunque así no fuese, es imposible no sentirse identificado con sus mensajes sobre el desamor o lo que es peor: la desesperanza.

Orgías, silencios y sobredosis

Pasaron las semanas y continué, obsesivamente, escuchando esta y otra canción de él. Su archiconocida «Your Song» que, a pesar de que considero que la letra a veces peca de ir algo descoordinada con la melodía, es una canción tierna y preciosa. Hay pocos cantantes masculinos que se hayan abierto así a su público, pocos que ponen el corazón en la mano y lo ofrecen a su audiencia sin miras a sentirse vergonzoso o culpable.

Con esas dos canciones comencé a sentirme mucho más dispuesta a ver la película. Esta semana, finalmente, y con lo ya conocido, disfruté muchísimo del film. Tagon Egerton realiza un trabajo magistral que Rami Malek para Bohemian Rhapsody no puede hacer: canta todas las canciones y su voz es tan parecida a la de John que es difícil distinguir qué es original y qué es grabado por el actor.

Me sorprendió, en la primera parte del film, cómo se realizó el montaje de «I Want Love» utilizando a los personajes de la vida del propio Elton para cantar su mensaje: es su madre, su padre, su abuela y él mismo de pequeño quienes empiezan a recitar unas letras escritas sobre ese desamor que primero le ofreció su familia, luego su pareja y finalmente él mismo.

No obstante, la vida de Elton John es una vida llena de clichés: famoso que se deja embriagar por los olores de la fama, las orgías y las drogas hasta que no puede más y decide poner fin a través de una rehabilitación que le ha permitido estar sobrio hasta el día de hoy.

Los conflictos entre los diversos elementos que aparecen en la película son totalmente comprensibles y ponen al espectador en la piel del protagonista. Es difícil no derramar una lágrima cuando oye las discusiones de su padres: un padre que asocia el odio hacia su madre para con el niño y decide no darle un abrazo en su vida. Años después, con un Elton adulto que decide visitar a su padre y observa, como en su segundo matrimonio, se deshace de gestos para con sus hijos pequeños,lo que conlleva a que se refugie en un taxi y rompa a llorar. Y con él, nosotros.

Rocketman en su esencia

Tampoco es fácil observar como la relación entre Bernie y él, que en un principio desconocía, se deshace por aquello de que su amigo y letrista no quiere dar el paso hacia delante y comenzar una vida amorosa con él. «Tiny Dancer» se utiliza como himno, entonces, para todos aquellos corazones rotos por aquellas personas que prometieron y deshicieron sus promesas en un solo segundo.

Aún queda mucho del film: su carrera, su estrellato, la soledad en la piscina, y las sobredosis. Para cuando comienza a despuntar, el film realiza una metáfora con «Rocketman» una canción que habla de un astronauta que quema los fusibles, solo, allá fuera. No puedo sino recordar la mítica escena de Stewie en Padre de Familia donde el pequeño repetía las letras de esta canción una y otra vez.

Según pasan los outfits, las actuaciones y las discusiones con su mánager (y pareja), observamos el hundimiento de Elton John que nadie puede recuperar salvo la terapia en grupo. Ahí también se realiza un magnífico trabajo: se simboliza esa parte de abrir tu corazón y contar lo que quieras de cada miembro familiar y se reproduce poniendo, en forma de una suerte de figuras presentes pero invisibles, a cada una de esas personas mientras Elton comenta qué fue lo que les hizo daño de cada uno de ellos. Se ejerce un diálogo sin respuesta porque es el propio cantante quien hace y deshace las preguntas, se desahoga. Se cura.

Y con ello vendrá la última parte: redentora y con un «I’m Still Standing» que es un himno de superación y de regreso a los escenarios. De un Elton del que no nos hemos separado hasta el día de hoy y del que esperemos nunca nos separemos porque es toda la viva imagen de cómo se puso el mundo por montera en los años 70, conquistó los 80, se mantuvo en los 90 y ahora regresa para que muchos descubramos su música, por primera vez. Solo puedo decir gracias. Gracias Elton.

Rosalía: la paradoja del dinero

«Dio$ No$ Libre Del Dinero» está escrito como el lenguaje que utilizábamos en Messenger allá por 2004-2006, la época de mayor apogeo (y donde más atentados hacia el lenguaje y sus formas hacíamos). Con Rosalía, pasa como con el resto de cosas: se la perdona todo y más.

Soy fan a medias de esta cantante catalana porque, en ocasiones, me ha costado entender las letras de sus canciones. En otras situaciones, he observado que sus directos dependen del grado de coreografía que estos compongan: Rosalía se desenvuelve muy bien en el escenario pero si le acompaña algunos pasos de más, su voz empieza a ahogarse y a dejar de ser tan impresionante.

Por eso, cuando sacó la doble canción F*cking Money Man (Milionària + Dio$ No$ Libre Del Dinero), la segunda parte fue la que más me gustó. Es la Rosalía que a mí me gusta: pausada, sin baile pero sí con interpretación y fuerza en el escenario. La Rosalía de los gorgoritos, de la voz que parece increíble y se rasga de forma preciosa sobre un eje que tan solo unos pocos pueden hacer.

Y con esta segunda parte titulada «Dio$ No$ Libre Del Dinero» se desenvuelve mucho mejor su carácter y performance. La primera vez que lo escuché, junto a mi pareja, él dictaminó que parecía una respuesta a ese «Llorando en la Limo» de su no-tan-querido ex C.Tangana. Acepté de buen grado dicha comparativa: dos figuras rompedoras, llenas de dinero, que nos advierten de la falta de eficacia de dicho material en algo tan abstracto como la felicidad.

«Dinero quiere dinero. Yo no lo quiero pá na»

Y mientras Rosalía, enfundada en una simulación de un traje Versace plagado de símbolos de dólar (haciendo alusión a la época retratada en el vídeo, los noventa, donde la firma italiana era tan conocida como deseada), continúa con sus movimientos, su coleta subiendo y bajando, las lágrimas cayendo, la cámara siguiéndola a través de círculos.

Una alegoría a ese dinero que hacer mover el mundo de la forma equivocada. Dando puestos y categorías como si ganado se tratase, etiquetando a las personas por su vestimenta, servicios, educación, personalidad…El dinero, como la política, está presente en todo lo que hacemos.

Nunca he sido muy ducha en temas económicos. Mis pocos conocimientos vienen de algunas asignaturas dadas en la universidad, sé que vivimos en un voraz capitalismo ya predestinado por algunos teóricos como Adam Smith y su manifiesto capitalista.

Rosalía es un producto capitalista que mueve dicho dinero allá por dónde va. Y como «producto» (aquí, irremediablemente, me viene a la cabeza Risto Mejide) desea dejar de serlo. Desvincularse de su papel público y llorar por aquello que le ata pero la mantiene en las tendencias de los vídeos más vistos, la permite publicar una línea de ropa, le hace agotar las entradas allá por dónde pisa…

La paradoja de Rosalía es que el dinero que tanto «no quiere» es también el que desea para cumplir su sueño: ser famosa, cantante, rompedora. Rosalía no sería Rosalía sin su reputación, sin el boca-a-boca, sin el transcurrir de los meses que la dan favorita, ganadora de todos los premios y certámenes. Rosalía se ha montado en el caballo del capitalismo y ha recorrido la senda, ha tomado una justa y ha machacado a sus contrincantes sin ningún esfuerzo.

Sin embargo, cuando el resto de los caballos caen y observa a su público, una generación joven llena de ansiedad y depresión, de sueños rotos y de malos futuros, ella (y no olvidemos a su «gente») tiene que empatizar con todos ellos sin dejar de llevar su armadura dorada. Y por eso, Dios nos debe de librar del dinero. Porque en un mundo capitalista como el actual donde figuras como Rosalía son Dioses, solo estos pueden hacer alegorías de quitarse de aquello que nos aprieta para, como paradoja que es, darles un poco de más. La lluvia de dinero que la recubre en el vídeo, es la misma que le damos todos sus consumidores, fans, discípulos. Y Rosalía, en agradecimiento, da precisamente lo que queremos: unos minutos de empatía para con nosotros, los pobres.

Keanu Reeves: psicología de un momento «breathtaking»

El último E3 celebrado en la ciudad californiana de Los Ángeles a mitad del mes de junio, no solo se ha encargado de anunciar juegos o servicios de suscripción sino de generar sorpresas entre su público.

En este 2019 (un año que sirve de transición entre la octava y la novena generación de consolas) no ha habido tantas novedades como otros años y esto ha convertido las conferencias en un espectáculo mucho menos recordable pero aun así divertido.

Sin embargo, siempre hay un momento que queda para la posteridad. Algo que recordaremos los millones de personas que observamos (y cubrimos) el evento desde nuestras casas.

Sucedió en la conferencia de Microsoft el domingo 9 de junio a las 22:00h (hora española). El “momentazo” de este E3 comenzó tras aparecer un tráiler comercial sobre la aventura cibernética de Cyberpunk 2077 hecha por el estudio polaco CD Projekt Red. Tras este vídeo, las puertas del escenario se abrieron para anunciar la llegada de Keanu Reeves, que fue recibido entre vítores, risas y aplausos.

El legendario actor, conocido por Matrix y John Wick, fue el protagonista indiscutible de la velada comenzó a hablar sobre las aventuras que nos depara en la distópica Night City. De repente, y de forma atropellada, mientras el propio actor se ríe de sus propias gracias, un chico del público le dice la siguiente frase: “You’re breathtaking” traducido como “Eres impresionante”.

La anécdota no daría para mucho más si no fuera porque el propio actor le rebate con un “No, you’re breathtaking. You’re all breathtaking” traducido como “No, tu sí que eres impresionante. Somos todos impresionantes”.

Tras esta situación, se produjo el tan viralizado: “Now, check this out” traducido como “Ahora, fijaros en esto” con el segundo tráiler donde se publicaba la fecha de salida del videojuego.  Aunque la conferencia continuó con muchas más novedades, el público sabía que habían acudido a un momento inigualable que no solo sorprendió a las personas físicas que estaban sentadas en las gradas, sino al mundo entero que no tardó en convertir el momento en un meme que circularía por todas las redes sociales.

A raíz de esto, quise hacerle algunas preguntas al psicólogo Víctor Martín (@Reyno1ds_ en Twitter) sobre el significado del acontecimiento. Lo primero que quise saber es si este momento realmente tenía veracidad, si no era en realidad parte de un show y cómo el lenguaje no verbal de Reeves puede (o no) certificar esto.

Martín me respondió: “si bien siempre es arriesgado sacar conclusiones a partir de pequeñas interacciones o del lenguaje gestual por sí mismo, en casos así, se torna todavía más complicado. Los actores, en particular, y por las exigencias de su trabajo, tienen tan entrenadas las habilidades sociales y el control del lenguaje no verbal que, en este caso y aún fuera de pantalla, es difícil discernir dónde empieza la persona y dónde termina el personaje”.

El psicólogo continúa: “A lo largo de su aparición en el escenario, se diferencian bastante bien cuáles son las partes guionizadas y las que Reeves añade de su propia cosecha, y aunque en estás últimas se sienten antinaturales e incluso forzadas […] de nuevo, no es fácil concluir si corresponden a muletillas fruto de los nervios o adiciones personales prueba de su control sobre la situación.”

Martín concluye: “A juzgar por lo que puedo llegar a interpretar de su intervención, diría que es una mezcla de ambas: no parece que él se esperara tanta expectación y eso acaba por abrumarlo ligeramente (antes de empezar a hablar dice “all right” hasta tres veces, no tanto hacia el público sino hacia sí mismo como asimilando la situación), pero, a la vez, no deja de ser un actor conocido y veterano, relativamente acostumbrado a ese tipo de situaciones, y lo cierto es que, aún dentro del posible agobio, lo que no muestra en ningún momento son signos de incomodidad”.

Por lo tanto, parece que dicho momento no fue realmente genuino sino producto de una serie de coincidencias que el actor supo gestar de manera correcta.

Algo que también quedo remarcable dentro de esta situación fue la no aceptación del piropo por parte del actor. Mi duda sobre si Reeves decide poner la mira en otra persona para eludir dicho elogio, quedan bastante respondidas por Martín: “Creo que el momento breathtaking viene dado un poco por la situación. Para ese momento del discurso, la estructura ya se ha disgregado en favor del fervor colectivo. […] Tanto el actor como el público están sobrecogidos por la situación y a ninguno parece interesarles especialmente el contenido de un guion generalista de promoción. En este caldo de cultivo, cuando llega la parte del discurso en la que toca decir lo “increíble” que va a ser pasear por Night City, el contenido es ya tan redundante y superficial en relación con la propia situación […] que esta toma fuerza y contagia a sus participantes, quienes acaban dejándose llevar.”

Por tanto: “en este sentido, la devolución por parte de Reeves, cuya respuesta resulta casi un eslogan parece más consecuencia de la situación que de un rechazo al cumplido.”

En el mundo de los elogios, la gran mayoría solemos responder negativamente o incluso pensando que, en realidad, se están riendo de nosotros. Este problema, que aquí se manifiesta de una forma tan masiva, fue objeto de la siguiente y difícil cuestión: ¿cuál es la mejor manera de aceptar un piropo y porqué nos cuesta tanto?

La respuesta de Martín fue la siguiente: “Tendemos a pensar que los piropos son inherentemente positivos y las críticas naturalmente negativas, y no es así. Al igual que una crítica constructiva y formulada desde el respeto puede ser tremendamente positiva, un piropo realizado en un mal momento y de malas formas […] puede convertirse en una experiencia muy desagradable”.

“No obstante, la valencia del comentario depende tanto de la persona que lo formula como de quién lo recibe. Así, y aunque no suele ser lo habitual, hay gente que no recibe mal las críticas duras y directas o que no se siente amenazada por un piropo inapropiado, debido a que, quizá, no valoran esos comentarios como significativos hacia su persona o puede que hayan aprendido a escindir la forma del contenido y se queden únicamente con lo segundo. En cualquier caso, la respuesta a la pregunta no es sencilla ni es única: a la hora de recibir, en este caso, un piropo, se ponen en marcha procesos cognitivos que van a influir decisivamente en cómo éste nos afecta y que están mediados por nuestra autoestima, de forma general y por nuestro estado emocional, de manera específica.”

Una respuesta, sin duda, muy explicativa sobre cómo funcionamos en esas situaciones. Además, los piropos inciden mucho en nuestra autoestima, ante la cuestión sobre cómo nos afecta los piropos de los demás en este ámbito, Martín contesta: “Tal y como comentaba antes, la recepción de valoraciones externas va a depender, por un lado, de nuestra autoestima, y por otro, del estado emocional en le que nos encontremos. Así, una persona con una autoestima dañada va a tender a caer en sesgos cognitivos que no le permitan aceptar las opiniones de manera lógica y racional, dada la valoración distorsionada de sí mismo […] Por las partes de los elogios (al contrario que ocurre con las críticas) ocurre el efecto contrario, […] será muy difícil que una persona con baja autoestima atribuya el piropo a una valoración honesta de la otra parte”.

Algo que, seguro que no notó Peter, el chico que realizó el piropo al actor, y que rechazó la edición coleccionista del juego, en aras de que donasen el dinero al hospital que ayudó a su hermana, enferma de leucemia. Ante como pudo sentirse Peter por coprotagonizar un momento tan sonado, Martín comenta:

“Creo que cualquiera se podría imaginar lo que sentiría al tener una interacción directa con una persona famosa ante la mirada de miles sino de millones de personas: alegría, gratitud, orgullo, asombro, vergüenza… […] Para hacer una intervención así son necesarios unos niveles de confianza, valentía e incluso excentricidad que nos llevan a pensar que una personalidad así recibiera el feedback […] con especial alegría y orgullo, pero también con naturalidad.”

Sin duda, con este momento, Reeves se ha conseguido acercar (aún más) a sus seguidores. El actor es conocido por dejar su faceta famosa fuera de los escenarios: de hecho, hay vídeos donde cede el asiento en el metro o donde agradece a sus entrenadores de tiro, siendo gestos muy poco dados a suceder dentro del entorno Hollywoodiense.

Además, el contexto de la fama y la reputación ha cambiado radicalmente con la llegada de las redes sociales: “Es innegable que las redes sociales y la creciente interconectividad global que nos han acercado a figuras como actores, escritores, cantantes, deportistas, hasta científicos y divulgadores. […] Parte significativa de las personalidades actuales han germinado gracias a Internet y muchos no solo han perdido su cotidianeidad en el proceso sino que la utilizan como parte de un “yo” que han convertido en producto.”

“Por otro lado, hemos llegado a un punto en el que incluso un ‘like’, un ‘retuit’ o una mención por parte de una figura conocida la consideramos como una interacción significativa, así que un comentario directo de viva voz, aun en un evento multitudinario, no podía ser menos. De todos modos, creo que la trascendencia del momento viene dada, primero, por haber juntado de manera inesperada uno de los productos de moda con una de las figuras de moda, y después, por la atípica naturalidad con la que Reeves afrontó la situación, más evidente si cabe en un evento como el E3, frecuentemente guionizado al milímetro.”

De hecho, no son pocos los momentos que se han vivido así de sorprendentes (o incluso más) a lo largo de las decenas de ediciones del E3, por lo que el momento de Keanu (también usado por su trascendencia como actor en respuesta del elenco actoral de la joya de Sony, Death Stranding) no será ni el único ni el último de estas conferencias. Quizás, con la llegada de 2020 quién nos dice que incluso dicho momento se transporte al propio Cyberpunk 2077. Eso sí que sería breathtaking.

Hot Chip: la positividad en la era millenial

El último disco de Hot Chip titulado «A Bath Full of Ecstasy» (Domino Records, 2019) no es diferente a sus anteriores LP: la mezcla de indie con dance/pop hace una mezcla que no solo resulta explosiva sino amena y dinámica. Arroja un tinte de luz entre otros muchos artistas populares de esta, nuestra época, «millenial».

No digo esto solo por quedar bien sino porque Hot Chip sigue arriesgando utilizando sus mejores herramientas: la voz aguda y armoniosa de Alexis Taylor (destacable también en su faceta en solitario), los coros de Joe Goddard y sus capas multinstrumentales que ofrecen un espectáculo sonoro para aquel que se ponga a escucharlos.

Por ello, precisamente, si debemos analizar este último LP respecto a su discografía anterior, el resultado no será mucho más diferente. Este disco podía haberse publicado en 2015 como en el actual 2019, sin embargo, los cuatro años de diferencia con aquel Why make sense? parece que ha ayudado a sintetizar mejor sus ideas.

Analizando el disco en sí, que para eso hemos venido aquí, descubro que la primera parte es más orgánica que la segunda. Con «Melody of Love» se habla de ese espacio que necesita el ser amado para descubrir su sitio dentro de la relación. Una balada que, como todos sus seguidores sabrán (y predecirán) se irá convirtiendo, paulatinamente, en otra canción dance más.

Tras este punto de partida la obra continúa con «Spell», un futuro segundo single que arroja una capa de sexualidad a la canción haciendo una alegoría sobre la magia y el amor al que también le aplican un toque de «maldición» por aquello de que «el amor ciega». Lejos de eso, me parece una canción muy acertada y que imprime otro tono a esta primera parte.

La banda es conocedora de ello y decide bajar un poco el ritmo con «Bath Full of Ecstasy» canción (casi) homónima con el LP y que habla de cómo el ser amado puede ser una cura, un remedio, que lleva al «éxtasis» entendido no como la droga (aunque la línea estética del disco tiene ese toque de camisetas hippies teñidas a mano) sino como al: «estado de la persona que siente un placer, una admiración o una alegría tan intensos que no puede pensar ni sentir nada más.»

Para mí, además, guarda la frase más bonita del disco: ese «la música que tú y yo hacemos» como una perfecta metáfora del sexo consentido, amado y perseguido.

Algo que también va destacando a lo largo del LP es las intensas ganas que tienen la banda por infundir un tono positivo y redentor para quien lo escucha. La primera de las canciones que se refiere a ello es «Echo», hecha por y para olvidar un pasado como si de un eco se tratase y, sobre todo, aprender a vivir con él sin arrepentimientos.

Da la sensación de que es como si la banda inglesa quisiese hacernos algo de «coach» frente a unos oyentes demasiado presentes en el pasado, ausentes en el presente y confundidos ante el futuro.

Cerrando la primera parte, la siguiente (y quinta canción) es «Hungry Child», el primer single (cuyo vídeo es para no perdérselo, protagonizado por mi adorado «Gilfoyle» de Silicon Valley) y que trata sobre la dependencia emocional.

Algunas alusiones, como el propio título reza, hablan del «hambre» (como si de un niño pequeño y hambriento se tratase) por aquella persona a la que se espera, quiere, desea e incluso se quiere olvidar.

En concreto el estribillo es bastante claro con esa tóxica necesidad: «he intentado echarte toda mi vida (pero es temporal), un momento como un infarto me paró la vida (pero es temporal).» Parece como si el cantante se desahogara utilizando estas frases como redención de su propias acciones: al final vuelvo una y otra vez con aquella persona con la que tan mal lo he pasado, pero no puedo evitarlo, si lo dejo siempre será de forma temporal. Nunca de forma definitiva.

Otra de las canciones que hace referencia a esa «salud mental», a esa positividad no integrada como modo de vida sino por pura supervivencia, es la canción «Positive». En ella se habla de esa necesidad por hablar de algo positivo, frente a la tormenta interior del autor. Es una canción nostálgica que habla de los buenos momentos: de cuándo reíamos, hablábamos, y sobre todo de cuando hablábamos de cosas positivas.

«Why does my mind?» es un medio tiempo recubierto de instrumentos de percusión sin dejar los sintetizadores de lado. Es una canción triste a pesar de todo y donde se hacen preguntas acerca de cómo funciona su mente. El propio Alexis Taylor lo confirma desde la página de Genius:

«(La canción) va sobre la confusa manera en la que funciona mi mente»

Todas las preguntas vertidas carecen de respuesta. Como si el ser amado ya hubiese desaparecido o al menos, no estuviese presente frente a estas dudas. Y al mismo tiempo, se lamenta porque ya ha vivido esto anteriormente. Sin duda, una de mis canciones favoritas del disco.

«Clear Blue Skies», sin embargo, es un corte mucho menos memorable. La canción se imprime bajo unas pequeñas notas que van dando paso, poco a poco, a más preguntas si cabe, como si de una ensoñación se tratase. Es una canción con un toque navideño pero que retrata una crisis existencialista, siendo la única canción interpretada por Joe Goddard. Desde una entrevista para Exclaim!, el cantante habló sobre el tema de esta canción:

«Definitivamente se trata de cosas bastante amplias y bastante serias, de si hay valor en el amor en un universo con el tamaño que tiene. Soy un poco ateo, por lo que me cuesta encontrar un sentido a veces en la vida y es como preguntarme por el sentido de estas cosas que pueden sentirse tan enormemente importantes».

Los tan intensos problemas emocionales se dejan atrás bajo un «cielo azul despejado» del que no para de cuestionarse sobre por qué está esperando por entrar en él.

Finalizando el LP (largo por la repetitividad de algunas de sus canciones lo que le resta puntos al conjunto total), llega la canción «No God», donde, de nuevo, se postula sobre ese amor que nada (ni nadie) puede sustituir.

Ya sea Dios, los diversos sueños del autor o las distintas señales que encuentra en el camino, no existe remedio para ese amor. Frente a olvidar a esta persona, el protagonista realiza mil y una cosas, sin embargo, parece que siempre estará presente aquella persona amada de la que nada (ni nadie) sirve…

El disco me ha parecido una alegoría a una nueva era mucho menos sensible y dramática para ser sustituida por una positividad incluso obligatoria de cara a tener una mejor y más saludable salud mental. La temática amorosa siempre esta presente de manera sutiles dentro de las letras de Hot Chip, en este caso he observado una maduración de un amor no ya de discoteca como aquel pelotazo que fue «One Night Stand» en 2010, sino de una relación que marchita antes de tiempo y que necesita recuperar.

Sin duda, un disco imprescindible para el verano y que puede ser escuchado una y otra vez sin sentir nada de hastío. Porque ese es el gran regalo que hace (y hará) siempre Hot Chip: ser únicos. 8/10

La Gran Belleza: Jep somos todos

Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos

El Principio, Antoine de Saint-Exupéry

Jep Gambardella es un hombre de sesenta y cinco años harto de su vida. Solitario y meditabundo encuentra una mayor felicidad en sus intromisiones externas que aquellas que deja deducir a los demás.

Jep podría ser cualquiera de nosotros. La cinta de Sorrentino (2013) es una película que puede generar rechazo al mayor de los críticos o al espectador exigente. Es un film que aboga por el espectáculo de aquellas fiestas que no queremos ver pero existen: veladas que recuerdan a las orgías de Baco allá por la Edad Antigua que, sin embargo, también se reproducen en la selecta sociedad italiana.

O también puede generar empatía. Quizás Jep no sea tan diferente del resto de humanos: se aburre, se desliza y usa al resto de las personas de su alrededor como buenamente puede. En algunos momentos sentiremos empatía por él: sobre todo por aquel amor de verano con Orietta.

No estoy de buena gana hoy para escribir una reseña sobre la película. Cada uno tenemos momentos bajos y altos y hoy me encuentro realmente desganada. Ayer también y llevo muchos meses igual. Esa dejadez de Jep cuando se somete a interminables sesiones de anestésica fiesta, lujo y desenfreno las he vivido en mis propias carnes.

Dicen que los ricos no lloran y esta película es precisamente la expresión de lo falsa que es esa premisa. La felicidad no reside en lo material y en lo esporádico, sino en lo que perdura. El protagonista se pasa el film buscando aquella «gran belleza» que lejos de contar con la materialidad de una Orietta que se desnuda al final de la película, es aquel recuerdo de un ser enamorado, feliz y joven.

La edad es otro de los factores que más se aclama durante la cinta y es precisamente con el punto de partida de esos sesenta y cinco años recién cumplidos de Jep, cuando se desata en él una crisis interna que ya nada le puede curar.

“- ¿Qué tenéis en contra de la nostalgia, eh? 
– Es la única 
distracción posible para quien no cree en el futuro. ” 

Romano, La Gran Belleza (Sorrentino, 2013)

El entonces escritor se dispone a hacer una suerte de ruleta de despedidas con todos aquellos que alguna vez fueron parte de su vida. Con sus amigos, su novia del pasado, su ama de casa y con la jefa de su trabajo. Con todos experimenta conversaciones nuevas pero también viejas: aderezadas de aquellos recuerdos, de aquello que fue, de aquello que nunca será jamás.

La nostalgia empapa cada una de las escenas del film. La más significante es aquella en la que Jep, tumbado en su cama, observa el mar de su juventud y recuerda a Orietta y esos días que pasó con ella. Es doloroso ver esta película bajo los ojos de quién también teme al paso del tiempo y de las cosas tan vacuas pero que tanto nos llenan en el día a día: ya sean las amistades, el amor o la familia.

Cuando la película se estrenó, allá por 2013, no dejó de darme la impresión de ser otros de esos films que aducían a una espectacularidad y a planos sobredimensionados a la par que abstractos para llenar de regocijo a todos los críticos que la vieran. Sin embargo, me ha sorprendido la cercanía con la que se transmite el drama: esa sempiterna tristeza que no se despega ni del hueso, ni de la carne, ni siquiera de la memoria.

Vivir en ese estado es tan doloroso como no hacerlo. Cuando Jep llora en el funeral de Andrea y su entonces novia, Romana, le mira confusa por ese gesto, observamos que lo único que quiere el protagonista es un poco de atención. De ahí que la segunda parte del film se tiñe de un Jep mucho más oscuro y utilitarista: Romana es una cosificación de sus propios deseos de destacar, las fiestas son cada vez más despampanantes, las escenas de la película son cada vez más raras. Ya no hay un deseo de que el espectador conozca o entienda sino tan solo de que se deje llevar por aquello que viene tras la nostalgia que es la indiferencia y la osadía. Jep ya no cree en nada: todo le es indiferente.

Sin embargo, hay un episodio que le hace cambiar. Aquel encuentro con «La Santa», esa mujer de 104 años que ralentiza el film para hacernos una alegoría de lo que significa la vida ¿acaso no estamos todos de rodillas, intentando subir una escalera eterna que nunca acaba? y el cual le permite un reducto de esperanza.

Con esa mínima dosis, consigue, de nuevo, viajar al pasado. Mientras se recitan las siguientes frases:

“Termina siempre así, con la muerte. Pero antes, hubo vida. Escondido debajo el bla, bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Y luego la desgraciada miseria y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí, es sólo un truco.” 

Jep Gambardella, La Gran Belleza (Sorrentino, 2013)

Parece que con ello consigue redimir su propia pena: aquellas décadas vacías de personas y lugares que no supieron llenarle. Quizás, entonces, con la cura de todos aquellos episodios pasados pueda, por fin, volver a cicatrizar su alma, y con ello, empezar una nueva novela. Una nueva vida, que esta vez, sí, sabrá aceptar que en algún punto morirá.

ROMA Y LA IMPORTANCIA DE LA RESEÑA CULTURAL

La última película de Alfonso Cuarón, Roma (Cuarón, 2018) no solo ha supuesto toda una revolución como formato -recordemos que se publicó exclusivamente para Netflix- sino de conocer al propio director. Supone un canto a su propia autobiografía, no es difícil, en los primeros minutos de la película, observar cómo de parecido será Cuarón respecto a uno de los muchachos que aparecen en el film.

Este paralelismo lo extraigo tras leer decenas de reseñas sobre este largometraje: al final, los periodistas también escribimos para otros periodistas. El periodismo cultural supone un acercamiento a diversas artes que son representadas en diferentes formatos. La reseña y la crítica son las más importantes, bajo mi perspectiva. En ellas podemos leer la opinión real del que observa y lo adereza con comparaciones, referencias y paralelismos propios de la visión subjetiva de cada autor.

Por tanto, es necesario que esta película necesite de esas nuevas visiones y reflexiones. Necesitamos conocer el amplio abanico de gustos, de vivencias y experiencias vividas por cada periodista. Para algunos, reflejará la angustia de una chica de la limpieza -una esclava de aquella época- que no tendrá ni un solo minuto de descanso en todo el film. Para otros, representará el auge de un México que empieza a respirar pero que también sufre con diversas crisis sociales.

En mi opinión, creo que es un retrato fiel de una minoría poco representada en los medios de comunicación mexicanos. Con el estreno de la película, se puso el ojo sobre lo poco que aparecen figuras masculinas y femeninas de aspecto más indígena y racial. Es más común conocer mujeres y hombres blancos, de aspecto europeo. La consecuencia de esto es que hay una audiencia que se siente rechazada y discriminada por unos medios que quieren que sus habitantes olviden sus raíces.

El uso del dialecto mixteco entre las mujeres de la limpieza del film quiere representar lo mucho que se ha perdido del folklore mexicano a lo largo de las décadas. A través de esos subtítulos, de aprender el entorno de estas dos mujeres, conocemos también otra parte de México, una mucho más oculta pero rica en lenguaje y expresiones.

La película cuenta con una técnica ya explotada en otros largometrajes como The Artist (Hazanavicius, 2011), donde todo el film está rodado en blanco y negro. Al contrario de esta referencia, Roma no lo utiliza en balde. Se trata, de nuevo, de una reivindicación de los blancos y negros de la sociedad: los ricos y los pobres, los felices y los infelices.

Cleo, la protagonista, no alza la mirada y apenas sonríe. No es la primera vez que observó esta postura verbal y corporal en una mujer latinoamericana. Cuando aparecí, por primera vez en el instituto de mi barrio, muchas de las chicas y compañeras de clase que tenía, eran inmigrantes de algunos países como Colombia, Perú o Bolivia.

Algo había que las hacía mucho más calladas, silenciosas y tímidas. A día de hoy comprendo porque eran así: estaban a miles de kilómetros de sus casas, eran discriminadas por el resto de compañeros y compañeras y les habían educado bajo una filosofía anticuada y machista donde eran retiradas a las tareas del hogar. Muchas veces estas chicas abandonaban la escuela, ya fuera porque volviesen a su país, sus padres quisieran que trabajasen en vez de estudiar o porque tuviesen un embarazo no deseado.

Esto también se produce en la cinta de Cuarón: Cleo se queda embarazada de un chico que rezuma potencia y lucha pero que se acobarda y es cruel cuando se entera de la noticia. Ella sobrevive gracias a la familia que la acoge, pero también la explota.

“Cleo vendrá de vacaciones con nosotros, pero no trabajará” reza Sofía, la nueva dueña de la casa tras el abandono de su marido. Sin embargo, Cleo no parará en ningún momento: incluso en unas vacaciones tras el aborto que sufre al final de la película, deberá de rescatar a los hijos de su ama, incluso sin saber nadar.

Cuando llega a la orilla, se pone a llorar junto a ellos. Se maldice por no haber querido al fruto de su vientre. Por no desearlo. Cree que también tiene la culpa de algo tan incontrolable como un aborto. Sin duda, una de las enseñanzas también depositadas en su joven cabeza, presumiblemente por una educación machista donde ella, siempre, tendrá la culpa.

Y es que, quizás, ella tenga razón. Por supuesto no me refiero al hecho de que tenga la culpa de un aborto sino de que hay una maldición por encima de ella, un obstáculo inquebrantable que la persigue como una sombra negra sobre cada acción que realiza en su vida. La película lo refleja de forma sutil pero precisa: a cada paso que da Cleo, algo tormentoso se avecina.

Cuando rompe aguas, es en una revuelta social dentro de unos grandes almacenes. Cuando se queda embarazada, Fermín la repudia frente a todos sus amigos. Cuando va de vacaciones, se enfrenta a salvar a los niños que cuida.

Da la sensación de que Cuarón, que además de querer homenajear a su niñera llamada Libo -de ahí ese “Para Libo” como broche final de la película- también ha querido dar un espacio a una doble minoría: las mujeres inmigrantes. Todas ellas deberían de realizar una reseña cultural tras ver el film, contar sus historias, conocer cómo de representadas se han sentido. Porque sin duda, de aquellas experiencias, surgiría la verdadera reseña cultural de esta película que no solo deja ver, sino que escucha a los que nunca hablan.