
Marriage Story (Baumbach, 2019) es una historia elitista de una pareja privilegiada por su vida idílica en Nueva York. Es todo lo que el American Dream puede dar y más: una pareja que se embarca en una compañía de teatro donde (él) director y (ella) antigua actriz estrella, deciden formar una familia de un solo hijo entre obra y obra.
Nicole Barber y Charlie Barber, padres de Henry (de tan solo ocho años) deciden divorciarse tras pasar una mala temporada juntos. Lo sorprendente del film es cómo hay que retratar que para él no había ningún “pero” en su relación. No obstante, ella siente un gran sufrimiento en su interior que lleva “procrastinando” desde hacía años. Un dolor tras ver que había pasado de sus sueños californianos de convertirse en una gran estrella a pasar a ser una actriz más donde su marido es el corrector continuo de cada una de sus acciones (tanto en el plano profesional como personal).

Es una historia simple, no muy divertida pero única. Porque habla de muchas cosas a la vez y con un realismo, con un simbolismo hecho en la época millennial: donde a los padres les cuesta deshacerse del móvil al hablar con sus hijos, donde a los hijos les cuesta deshacerse de sus juegos para empezar a leer y donde el divorcio ha dejado de ser un tabú para pasar a ser una posibilidad más.
Quizás en Estados Unidos haya otra mentalidad a la hora de romper, porque no pude evitar observar cómo mi madre, una española más cercana a la tercera edad, le parecía imposible que Nicole y Charlie deshicieran su compromiso. En varias ocasiones, tuve que remarcarle a mi madre que se debía por una infidelidad de él para con ella, aunque el gran motivo principal es su falta de empatía con Nicole. En ningún momento piensa en su opinión, todo lo que ella comenta es tapado y cegado con sus propias opiniones. Y esos susurros, esos silencios, tan largamente callados, provocan una ruptura que, a mí, no me deja ninguna duda.
No obstante, en nuestro país con una Ley del Divorcio datada de algo tan reciente y pueril como el año 1981, es difícil que generaciones anteriores a los que comúnmente pasamos tanto tiempo en las redes sociales, puedan comprender los motivos de Nicole. Es algo que la propia Nora, la buenísima de Laura Dern (qué estilo, qué elegancia), le remarca al personaje encarnado por Scarlett Johansson: “El ideal de un buen padre es de hace menos de 30 años. Un padre tiene que ser callado, egoísta, ausente. Pero una madre, no. Una madre debe ser perfecta. Es una putada, pero, ¿qué le vamos a hacer?” Y mientras vuelve a la mesa donde seguirá repasando el caso de Nicole se hace un corte a Charlie cocinando en la cocina. Una tarea que hasta hace dos días se veía, al menos hablo desde la sociedad de nuestro país, como una “actividad que hacían las mujeres”.
Ser padres en el siglo XXI no es fácil y menos ser padres divorciados. En la película, al menos, se deja entrever que la sociedad americana es algo a lo que están más que acostumbrados: el padre de Nicole tenía aventuras, Cassie (la hermana de ella) también se ha divorciado y ella va a ser la tercera integrante de la familia en hacerlo. Y este pensamiento tiene su raíz en que este país realizó un cambio desde tiempo antes al nuestro: para comienzos de los 70 ya existía la Ley del Divorcio “sin culpa”, es decir, “sin causa”.

Y con esa posibilidad abierta, muchas parejas decidieron que lo más importante era la felicidad de cada uno de sus miembros. Sin embargo, “en el fondo” como decía Nora, “seguimos pensando en que es correcto que haya un padre ausente. Porque Dios está en el cielo (refiriéndose a la paternidad de Jesús y de cómo la tradición judeocristiana permite pensar en que las madres deben cuidar y los padres ausentarse de la educación de sus hijos).”
Y no le falta razón. Esto se retrata de manera magistral en la película, pero también hay una capa de optimismo de la que no debemos olvidarnos. Tanto Charlie como Nicole intentan entender los puntos de vista del otro y aunque hay alguna pelea donde se dicen palabras muy feas el uno con el otro, siempre queda espacio para un bonito gesto donde se traduce la buena relación que hasta no hace tanto tenían el uno para con el otro.
Esa luz que se desprende a pesar de ser una de las fases más oscuras del amor: la ruptura, la falta de desconfianza, la infidelidad y el divorcio, no se regocija en las lágrimas ni en la soledad. No hay una postura contraria de Nicole o un intento de que se arreglen (por más que lo intente poniendo cara de cachorrillo Charlie cuando, ejem, ejem, es él el que decidió tirar todo por la borda por tener una aventura con otra persona) sino todo lo contrario: cuanto más se alarga la película, más podemos ver el alivio y la felicidad de Nicole.

Dos escenas claves son cuando Nicole está bailando con su madre y su hermana: la felicidad que desprende volver a recuperar el status de gran estrella. La siguiente escena, si mal no recuerdo, es de un Charlie con los miembros de su compañía en un jazz bar mientras entona una bonita “Being Alive” que resumen, perfectamente, los puntos en pro y en contra de formar parte de una relación.
«Alguien a quien pueda abrazar.
Alguien quien me pueda dañar.
Alguien que se siente en mi silla.
Y me arruine el sueño.
Y me haga dar cuenta.
De estar vivo.
Estar vivo.
Alguien que me necesite mucho.
Alguien que me conozca muy bien.
Alguien que me pare en seco.
Y me haga pasar por un infierno.
Por estar vivo, estar vivo. Hacerme sentir vivo»
Being Alive, Stephen Sondheim
Este ying y el yang, cuando finaliza un divorcio es de lo más común. A pesar de que las dos partes se sienten confundidas e incluso aterrorizadas por el siguiente paso, también hay una sensación de libertad (recomiendo leer “Libertad” de Jonathan Franzen donde se explora con gran acierto este problema), que permite encaminar nuevas rutas para cada uno de los ex integrantes de la pareja.
El gran éxito de Charlie es conseguir dejar atrás sus egoísmos y grandes planes para pasar más tiempo con su hijo. Abrazar una paternidad con la que hasta entonces no le había dado ni tiempo a cicatrizar y el gran éxito de Nicole es conseguir que su voz se oiga antes de que sea demasiado tarde.

Temas como la fragilidad de la belleza en Hollywood también se exploran en la cinta: Nicole tiene solo unos años más “buenos” y a partir de entonces, la decadencia, la falta de papeles para mujeres ya madres, o ni eso pero que parten de la cuarentena, es algo que no podrá evitar. Por eso, saber que al final de la película está en el punto que ella quería y que además consigue ver cómo su exmarido también va a formar parte de la vida del pequeño Henry, es una victoria que solo y digo solo podía venir a raíz del divorcio.
Para el espectador el gran éxito es poder ver un poco de luz en la fase del divorcio y dar esa posibilidad para todos aquellos que estén como Nicole. O como Charlie. Ambas partes tienen derecho a ser felices y ser asertivos es el gran paso que debemos de dar en todo tipo de relaciones.
Hace poco, a raíz de Kind Words tuve que escuchar una historia de una chica que desconocía qué era el amor. A pesar de que contaba con pocas palabras creo que me quedó un buen resumen de lo que significa, para mí, el amor. Y quiero utilizar esas palabras porque creo que encajan con el mensaje de la película y con su final.
“El amor puede ser un abrazo, una sonrisa, una buena comida, una noche buena de sexo, un buen libro. El amor puede ser cualquier cosa que ames. Amor es sentirte amado. Eso es lo más importante. El amor no tiene que ser una persona. El amor eres tú”.







































